El disparo de Elena resonó en el laboratorio, pero la bala rebotó en el pecho de Julian con un tintineo inofensivo contra las placas subdérmicas de titanio.
La abominación ni siquiera parpadeó. —Balas... —rió Julian, su voz mecánica vibrando en las paredes—. Qué primitivo, Elena. Esperaba que entendieras que he trascendido el plomo.
Elena no esperó a que terminara el monólogo. Sabía que no podía matarlo, así que hizo lo único que podía hacer: ganar tiempo. Se giró y corrió.
—¡No corras! —rugió