Blake entró al salón principal de la mansión Barrymore con pasos medidos. El silencio reinaba, roto solo por el chasquido de un reloj de péndulo. Judy estaba sentada en un sillón de terciopelo color vino, con una copa de vino blanco en la mano. Parecía tranquila, pero sus ojos azules, fríos y afilados, lo atravesaron desde el instante en que lo vio.
—¿Y bien? —preguntó sin rodeos.
Blake cerró la puerta tras de sí. —Se nos escapó.
Judy no parpadeó. Dejó la copa sobre la mesa de centro, el crista