Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo está de guerra, los gobiernos manipulan los suministros estando frente a una pandemia, nunca antes vista. Los más afectados son los pobres, entre ellos Frank, padre de un pequeño que presenta todos los síntomas de la nueva enfermedad, lo único que puede mantenerlo con vida son los aparatos sofisticados utilizados en los hospitales, los cuales son manejados por políticos y personas adineradas que pagaron fortunas por adquirir ese equipamiento.
Leer másEl aire en el apartamento se sentía más pesado que en el Cinturón Gris. No era la contaminación; era el vacío. Cada rincón de aquella pequeña caja de hormigón gritaba el nombre de Clara y Elena. El cepillo de pelo sobre la cómoda, el dibujo a medio terminar de Elena en la pared... todo eran astillas clavándose en mi pecho. Pero Nico me miraba. Sus pulmones, ahora asistidos por la tecnología robada, reclamaban una oportunidad que su madre y su hermana ya no tenían allí.—Sujétate fuerte, Nico —le dije, mientras lo envolvía en una manta gruesa y ajustaba las correas del AeroFlow a mi propio torso.Ya no caminaba con la cautela del que teme ser descubierto. Caminaba con la inercia de una bala. Al bajar las escaleras, el metal de las barandillas vibraba bajo mi mano. Salí al callejón trasero, evitando la avenida principal. El frío de la madrugada cortaba como un bisturí, y la nieve gris empezaba a caer, cubriendo la miseria del Sector Bajo con un manto de olvido.No había avanzado cie
La Fundición Vieja era un infierno de metal retorcido y vapores tóxicos, pero logramos cruzarla. Silas y sus hombres se quedaron atrás, conteniendo a los Cascos Blancos en un choque de gritos y fuego. No miré atrás. Solo escuché el eco de los disparos de Willis cubriéndome mientras me deslizaba por el último conducto de ventilación que conectaba el Cinturón Gris con el Sector Bajo.Mis pulmones ardían. Mis piernas eran de plomo. Pero la batería del AeroFlow, ahora al 62%, brillaba en la oscuridad como un faro.—Ya casi, Nico —susurré, sintiendo el calor del niño en mi espalda—. Ya casi estamos en casa. Mamá y Elena nos están esperando. Tendremos agua limpia, cerraremos la puerta y este aire no volverá a tocarte.Crucé las últimas tres calles del suburbio. El Sector Bajo estaba extrañamente silencioso, sumido en un toque de queda absoluto. Las patrullas no estaban allí; todas habían sido enviadas a la frontera para detener nuestra huida. Mi calle, la Calle de los Olvidados, estaba
El refugio de Silas no era más que el cadáver de una antigua planta de ensamblaje, un laberinto de vigas retorcidas donde el olor a grasa rancia luchaba contra el hedor de la enfermedad. En el centro de la nave, un generador diésel tosía y vibraba, escupiendo un humo negro que se perdía en las alturas del techo quebrado.—Conéctalo ahí —ordenó Silas, señalando una regleta de enchufes improvisada que colgaba de un poste—. Pero hazlo rápido. El combustible es más caro que la sangre en estos días.Mis manos temblaban mientras buscaba el adaptador en la mochila. La pantalla del AeroFlow parpadeaba en un rojo agresivo: 4%. Nico soltó un quejido débil, un sonido que me desgarró el alma más que cualquier alarma. Con un clic metálico, uní los cables. La luz de carga se encendió.Batería: Cargando...El suspiro que solté fue casi idéntico al del respirador. Willis no bajó la guardia; se sentó sobre una caja de municiones vacía, con el fusil apoyado en las rodillas, vigilando a los hombres
El asfalto del Cinturón Gris se sentía como una lija en la garganta, pero mis pies no conocían el cansancio, solo la inercia de un terror que se había vuelto sólido. Silas y sus hombres nos escoltaban como espectros entre los esqueletos de acero de la zona industrial, moviéndose con una familiaridad inquietante por callejones donde el aire sabía a óxido y a productos químicos estancados. Mis botas chapoteaban en charcos de aceite que reflejaban las luces rojas de los drones de vigilancia que, muy por encima de la bruma, peinaban la ciudad en busca de fugitivos como nosotros. El único calor que percibía en ese entorno gélido y mecánico era el cuerpo febril de Nico, pegado a mi pecho como un recordatorio latente de mi propia mortalidad y de la fragilidad de todo lo que aún intentaba proteger.Diez minutos de carga, Frank. Ni un segundo más, gruñó Silas mientras me empujaba hacia un generador diésel oculto bajo una lona alquitranada en el sótano de una antigua planta embotelladora. El m
El salto entre los edificios de la Ciudad Alta no fue una maniobra de héroe de acción; fue un acto de fe ciega y desesperación pura. Sentí el vacío bajo mis botas por una fracción de segundo que pareció eterna, con el cuerpo de Nico pegado al mío y el respirador portátil golpeándome las costillas. Cuando mis pies impactaron contra el hormigón de la azotea vecina, el dolor me subió por la columna como una descarga eléctrica, pero no solté mi carga. No podía permitirme el lujo de caer.A mis espaldas, Willis aterrizó con un gruñido sordo. Su fusil golpeó el suelo, pero lo recuperó antes de que el eco del golpe pudiera alertar a los drones que ya empezaban a sobrevolar la zona.—¡Sigue moviéndote! —bramó Willis, empujándome hacia la sombra de una enorme unidad de ventilación—. El ruido de la alarma en el hospital habrá despertado a todo el sector. No van a dejar que nos llevemos ese equipo. Para ellos, ese respirador vale más que mil vidas como las nuestras.Nos agachamos mientras un
El asfalto devoraba nuestras últimas fuerzas. Tras el estallido del neumático y la huida desesperada del convoy, mis piernas no eran más que dos columnas de dolor punzante. Willis, a mi lado, caminaba con una rigidez mecánica. El alcohol que antes lo mantenía sedado ahora parecía haberse filtrado por sus poros en forma de un sudor frío y rancio. El estruendo de la persecución había quedado atrás, reemplazado por un silencio antinatural, el tipo de silencio que solo existe en los cementerios o en los barrios de los que tienen el poder de silenciar al mundo.Llevaba a Nico envuelto en una manta que alguna vez fue blanca, ahora manchada de hollín y de la bilis que el pequeño había expulsado en su último ataque de tos. Su peso era una paradoja: era ligero como una pluma debido a la desnutrición, pero pesaba como el mundo entero sobre mis hombros. Cada vez que su pecho emitía ese silbido —un sonido similar al de un fuelle viejo rompiéndose— mi corazón daba un vuelco.—Frank, detente —
Último capítulo