La oficina de contabilidad auxiliar de la Fundación Halcón Gris olía a humedad y a papel viejo. Allí trabajaba Latham, un hombre en sus cuarenta, delgado, con el cabello ralo y manos temblorosas. Su escritorio estaba cubierto de carpetas polvorientas y facturas que parecían más reliquias que documentos vivos.
Esa tarde, Blake entró sin tocar, cerrando la puerta tras de sí. Detrás, como un espectro elegante, apareció Judy Barrymore, impecable como siempre.
—Señor Latham —comenzó Judy, con voz su