La niebla se quedó baja hasta el mediodía, como si Grayhaven hubiese decidido no levantar la cabeza. En la escalinata del juzgado municipal —piedra húmeda, columnas cansadas, un reloj que daba la hora con retraso—, tres trípodes sostenían cámaras locales y dos micrófonos se disputaban el atril con cintas adhesivas. Al costado, un puñado de vecinos apretaba los abrigos. A dos pasos de la baranda, Judy Barrymore conversaba con el “auditor” Morton en voz baja; Blake, manos en los bolsillos, vigila