La carretera que llevaba al refugio parecía infinita, un túnel de sombras atravesado únicamente por las luces delanteras del auto.
Asteria mantenía al cachorro acurrucado contra su pecho, su pequeña figura cálida y tranquila contrastando con el aire helado que se colaba por las rendijas del vehículo.
Lysandra conducía en silencio, sus ojos fijos en el camino, pero su postura ligeramente rígida delataba que su mente estaba trabajando tan frenéticamente como el motor del coche.
La tensión