Gustavo estaba nervioso, demasiado nervioso.
Sentía cómo el sudor frío le corría por la frente mientras sostenía el teléfono temblando.
Aquellas palabras que había escuchado lo atormentaban como cuchilladas en su mente.
Apenas pudo procesarlas, colgó la llamada con manos temblorosa. Conducía.
La noche se cernió sobre él, pensó en Sienna la llamó una y otra vez, luchando contra la impaciencia, contra el miedo de que ella no quisiera responderle.
Al fin, tras varios intentos desesperados, la línea