—¡¿Qué has dicho?! —exclamó Alexis, con la voz quebrada, como si de pronto el suelo se desmoronara bajo sus pies.
—¡Orla, no mientas por Melody! —gritó Tessa, desesperada, aferrándose a las últimas hebras de control.
Orla levantó en alto la hoja que tenía entre sus manos, con la firmeza de quien sostiene un arma letal. Su mirada ardía de indignación, pero también de justicia.
—¡Esta es la prueba, Tessa, y mejor cállate! —su voz retumbó como un trueno—. Aquí está escrito, con claridad, que Melody