Gustavo le tomó la mano con desesperación, sus dedos temblaban, aferrándose como si al sujetarla pudiera retenerla para siempre.
—Sienna, no pienses esto de mí… sabes que… ¡Te amo, siempre te he amado como un loco!
La mujer lo miró con una mezcla de incredulidad y furia.
Sus ojos, antes dulces, ahora eran dagas que atravesaban el corazón de Gustavo.
—No me hables sobre eso —le espetó con la voz cortante, como un filo afilado—. Sabes perfectamente que yo no siento, ni puedo sentir nada por ti, sa