Las manos de Alexis se deslizaban por la piel de Sienna con una desesperación que quemaba.
Había tanto tiempo sin hacer el amor, tanto vacío entre ellos, que ese roce parecía abrir heridas antiguas y al mismo tiempo encender brasas que nunca habían muerto.
El deseo los envolvía, inevitable, poderoso, pero también lo hacía el dolor, el recuerdo de todo lo que habían sido y todo lo que habían perdido.
No podía negarlo: su piel lo deseaba.
Cada fibra de ella lo reconocía, lo reclamaba, lo anhelaba