—¡Sienna! ¡Cómo te atreves! —exclamó Alexis con voz cargada de furia, alzando la mirada como si cada palabra fuera un latigazo que desgarraba el aire.
Félix y Eugenio soltaron una risa seca, de esas que más que divertir, hieren y humillan.
La atmósfera en la sala se volvió densa, como si cada respiración pesara toneladas.
—Decida, señor Dalton —dijo Eugenio con tono arrogante, cruzándose de brazos con superioridad—. O lo hace… o puede olvidarse de presentar su propuesta como proveedor. Ni siquie