Orla empujó al hombre con todas las fuerzas que le quedaban, jadeando como si el aire se le escapara de los pulmones.
Sus ojos estaban rojos de rabia y lágrimas, su cuerpo temblaba entre el miedo y el coraje.
Félix, lejos de enojarse de inmediato, soltó una risa amarga, una carcajada cargada de incredulidad.
Sus palabras habían golpeado en lo más profundo de su orgullo masculino. Nadie, absolutamente ninguna mujer, había tenido jamás el atrevimiento de hablarle de esa forma.
Había recibido halag