Orla se levantó de golpe, el corazón, latiéndole con una fuerza salvaje, casi insoportable.
Sus manos temblaban mientras recogía sus ropas del suelo, vistiéndose con la prisa desesperada de quien teme ser devorada por la oscuridad.
—¡Mientes, mientes! —gritó con la voz quebrada, la garganta ardiendo de rabia y de miedo—. ¡No me hiciste nada!
Él la miró con una sonrisa burlona, esa sonrisa que no era de afecto ni de ternura, sino de burla cruel, de arrogancia venenosa.
Su mirada la atravesaba com