Alexis avanzó hacia ella con pasos largos, su sombra recortándose bajo la luz fría del pasillo del hospital.
Su mirada ardía.
—¿Qué haces aquí? —su voz, grave y tensa, cortó el aire—. ¿Dónde está mi hija?
Sienna se volvió despacio, con los ojos cargados de furia y dolor acumulado.
—¿Cuál hija? —espetó, cada palabra impregnada de veneno—. ¿La que negaste desde que supiste que existía? ¿La que quisiste arrebatarme como si fuera un objeto?
—¡No es un juego, Sienna! —gruñó él, avanzando un paso más,