El auto se detuvo frente a un bar lujoso, uno de esos lugares donde solo entraba la élite, donde cada lámpara de cristal y cada botella detrás de la barra parecía costar una fortuna.
El aire olía, a exclusividad, a humo de habano mezclado con perfumes importados.
Alexis, nervioso, miró a Sienna, que descendió del coche como si fuera la reina del lugar.
Ella caminaba con una seguridad que él apenas podía reconocer.
Esa mujer ya no era la muchacha frágil que un día había amado y que había perdido