—¿Y mi ropa? —preguntó Orla, con el rostro enrojecido, intentando recuperar un mínimo de dignidad tras la humillación que había vivido.
Félix, sin perder la arrogancia ni un ápice de su sonrisa provocadora, se dirigió al baño y tomó la ropa de Orla, examinándola con esa mezcla de burla y deseo que la hacía estremecerse.
—Entonces… ¿Tenemos un trato? —dijo, con voz cargada de satisfacción, mientras lanzaba su mirada de fuego hacia ella.
Orla titubeó.
Su corazón latía a mil por hora, con una mezcl