—¡¿Qué estás diciendo, Tessa?! —exclamó Alexis, su voz quebrada por una mezcla de miedo y desconcierto.
Sentía un nudo en la garganta, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.
—Te envié la dirección —respondió ella con frialdad—. Ven a escucharlo por ti mismo.
La línea se cortó de golpe, dejándolo solo con el zumbido ensordecedor de su propio corazón.
Alexis bajó lentamente el teléfono, con los dedos temblorosos, mientras la sangre le palpitaba en las sienes.
Sienna lo miraba, desconf