Cuando Eugenio entró a la habitación, el corazón le dio un vuelco.
Allí, recostada en la cama del hospital, estaba su hija, Sienna.
Pero no era la misma joven que él recordaba en los momentos en que la había visto antes, llena de energía, con esa sonrisa traviesa y segura. Ahora parecía distinta, casi irreconocible: sus ojos, aunque hermosos, tenían un matiz apagado, y en su expresión había algo de desconfianza, como si el mundo entero fuese un terreno hostil.
El doctor estaba junto a ella, revi