Alexis estaba sentado en una rígida silla de metal, sus manos entrelazadas con fuerza sobre las rodillas, y la mirada fija en el suelo.
Cada latido de su corazón le retumbaba en los oídos como un tambor insistente.
La espera lo estaba consumiendo por dentro; sentía que cada segundo se alargaba hasta convertirse en un minuto eterno.
La angustia lo llenaba de un vacío frío, como si el aire se hubiera ido de la habitación, y su respiración se hiciera pesada y entrecortada.
No podía dejar de imagina