Alexis estaba sentado en una rígida silla de metal, sus manos entrelazadas con fuerza sobre las rodillas, y la mirada fija en el suelo.
Cada latido de su corazón le retumbaba en los oídos como un tambor insistente.
La espera lo estaba consumiendo por dentro; sentía que cada segundo se alargaba hasta convertirse en un minuto eterno.
La angustia lo llenaba de un vacío frío, como si el aire se hubiera ido de la habitación, y su respiración se hiciera pesada y entrecortada.
No podía dejar de imaginarlo: Sienna, vulnerable, después de la cirugía, rodeada de médicos, desconectada de su memoria, y él sin poder protegerla.
De pronto, la puerta se abrió con un golpe sordo, y la enfermera entró con paso apresurado. Su voz cortó el silencio, resonando en la habitación.
—Señor Dalton… ya puede ver a su esposa.
El corazón de Alexis pareció saltarle del pecho.
Casi dio un salto, incapaz de contener la emoción que lo desbordaba. Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas mientras miraba a Eugenio, q