Gustavo se acercó despacio a la cama, sus pasos resonaban en la habitación silenciosa del hospital.
Su rostro estaba pálido, y aunque intentaba mostrar seguridad, sus ojos lo delataban: había miedo, un miedo profundo de perder el control de aquella situación.
—Sienna… —dijo en voz baja, casi un susurro—. No leas esa carta, dámela, cariño. La romperé por ti, no necesitas verla.
Alargó la mano con cautela, como si se tratara de un objeto peligroso, pero Sienna, con un movimiento rápido, apartó la