—Nunca es demasiado tarde, Tarah.
Las palabras de Jeremías flotaban en el aire, pero Tarah no respondió. Se limitó a comer en silencio, sumida en sus pensamientos.
Cada bocado era un esfuerzo, como si la comida se convirtiera en plomo en su estómago. Sus ojos se mantenían fijos en el plato, mientras su mente viajaba a lugares oscuros donde las dudas y los temores la acechaban.
Cuando finalmente terminó, Jeremías se levantó, decidido a lavar los platos.
El sonido del agua corriendo y el roce de l