El aire cálido de Nueva Gerona me recibe como un viejo amigo cuando bajo del avión. La brisa marina acaricia mi rostro, llevándose consigo las últimas tensiones del viaje. Adriana me espera en el primer nivel del aeropuerto, su silueta perfectamente delineada contra el cielo azul.
—Puntual —observa con una inclinación de cabeza, extendiéndome una botella de agua fría—. Eso es bueno. Bienvenida al equipo.
Su voz es neutra, profesional, como el traje beige que viste. No hay rastro del pasado