El primer sorbo de café quema mi lengua, pero ni siquiera eso logra despertarme del todo. Andrea bosteza frente a su computadora, el rímel corrido dejando manchas oscuras bajo sus ojos. Sofía, a dos puestos de distancia, se frota las sienes con los dedos, el cabello perfectamente liso de ayer ahora rebelde y despeinado.
Las tres parecemos fantasmas.
Los pasos firmes de Jesús resuenan en el pasillo antes de que lo vea. Cuando aparece frente a mi escritorio, su traje impecable y su postura re