Jesús está en su oficina, la espalda recta frente a la computadora, los dedos golpeando el teclado con una precisión que delata su irritación. No me ha mirado ni una vez en todo el día.
No desde aquel ascensor donde su mano se aferró a la mía como si fuera su salvación y su condena al mismo tiempo.
—Parece que alguien está de mal humor —comenta Sofía, apareciendo a mi lado con una sonrisa que solo es dulce en la superficie—. ¿Problemas en el paraíso, Valdez?
Trago saliva, concentrándome en