El timbre suena justo a las 10:00 a.m., puntual como su padre. Kathy está en mi puerta con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que parece más frágil de lo que recuerdo. Lleva el pelo recogido en una coleta despeinada, como si se hubiera vestido apurada, y sus ojos - esos ojos que son tan idénticos a los de Jesús - tienen sombras que no deberían estar ahí para una chica de su edad.
—¡Hola, profe!— dice, pasando junto a mí con la familiaridad de quien ya ha decidido que somos aliadas.
El o