Estoy sentada al borde de la cama, hipnotizada por el ritmo de su respiración, por cómo su pecho desnudo sube y baja con cada inhalación pausada. Mis dedos trazan líneas como con voluntad propia en la barba incipiente que oscurece su mandíbula, ese vello áspero que le da un aire salvaje, como si ni siquiera en sueños pudiera contener completamente su naturaleza.
Jesús se mueve, un gemido gutural escapando de sus labios entreabiertos. Entrecierra los ojos, deslumbrado por la luz matinal.
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