Las luces de la oficina están apagadas cuando regreso, solo el resplandor de la luna ilumina mi escritorio. Son las diez de la noche y sigo esperando como una tonta, como si él fuera a aparecer de repente con alguna explicación que lo arregle todo.
Pero no viene.
Tal vez está en algún hotel de lujo, en una habitación con sábanas de seda, haciendo las paces con Claudia de la única manera que los matrimonios saben. La imagen me revuelve el estómago, pero no puedo evitarla. Es más fácil pensar