El aliento caliente de Jesús en mi nuca me despierta. Su brazo pesa sobre mi cintura, anclándome a él incluso en sueños. Cada músculo de mi cuerpo grita de cansancio, cada marca en mi piel es un recordatorio de lo que hicimos una y otra vez, durante toda la mañana.
Intento escabullirme, moviéndome con cuidado para no despertarlo, pero sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca antes de que pueda levantarme.
—No te vayas —murmura, su voz ronca de sueño y satisfacción.
Con los ojos aun cerra