El café de la oficina sabe a ceniza esta mañana. Sofía no ha dejado de lanzarme miradas desde que llegué, su sonrisa de gata satisfecha haciéndome apretar los puños bajo el escritorio.
—Así que... —arrastra las palabras mientras se apoya en mi mesa—, ¿cómo está Marcos ?
Andrea, desde su puesto, rueda los ojos tan fuerte que casi puedo escucharlos.
—No sé de qué hablas —respondo, haciendo clic en mi computadora con más fuerza de la necesaria.
—Vamos, Valdez —su risa es como uñas en una