La oficina de Lumbre nunca me había parecido tan pequeña, tan llena de miradas que parecen clavarse en mi espalda mientras camino hacia mi escritorio. Cada paso es un suplicio, cada saludo un recordatorio de que todos pueden ver la culpa grabada en mi rostro como una marca al rojo vivo.
Evito mirar hacia el pasillo que conduce a su oficina, pero mi cuerpo es un traidor—mis ojos se desvían sin permiso, buscando entre los vidrios polarizados la silueta que tanto he intentado olvidar. Jesús está