El teclado de mi computadora se ha convertido en una almohada incómoda. Mis párpados pesan como plomo, y la pantalla sigue encendida, mostrando el modelo 3D de un hotel que ya he revisado tres veces. No sé qué hora es, pero el edificio está tan silencioso que puedo oír el zumbido lejano del refrigerador en la cocineta.
Entonces, un olor.
Cítrico y madera.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Algo dentro de mí se tensa, alerta, como si cada célula reconociera esa fragancia incluso antes