La luz del atardecer se filtra por los ventanales de la oficina, pintando todo de un tono dorado que hace parecer menos frío el paisaje urbano. Pero mis ojos no están en la vista. Están clavados en la figura tras el vidrio polarizado de la oficina de Jesús.
Lleva horas ahí.
Desde mi escritorio, veo su silueta inclinada sobre montañas de papeles, su mano pasando una y otra vez por el cabello entrecano. Nunca lo he visto tan... absorto.
—¿Cuánto lleva ahí? —le pregunto a Andrea cuando pasa