Capítulo 4: El Contrato.

Finalmente, una tarde, mientras estaba sola en la pequeña cocina de la casa donde vivía, Helena decidió tomar su teléfono. La pantalla iluminó el papel arrugado con el número que Laura le había dejado.

Helena observó los dígitos durante unos segundos antes de decidirse a marcar. Antes de que pudiera cambiar de opinión, presionó el botón de llamada.

La llamada duró poco. Una recepcionista amable contestó enseguida y le hizo unas preguntas. Le explicó que, antes de la cita, debía llenar unos formularios y enviar una foto reciente por correo.

Helena dudó cuando la recepcionista le pidió la foto, pero prefirió no preguntar nada.

—Es parte del proceso de evaluación inicial, señora Hamilton —aclaró la recepcionista con aire profesional.

Helena guardó silencio y colgó. La cita ya estaba programada.

Los días previos al miércoles transcurrieron entre la incertidumbre y la expectativa. A veces pensaba que era su gran oportunidad; otras, que cometía un grave error.

Finalmente, llegó el día.

Helena bajó del autobús muy temprano, con la correa del bolso apretada entre los dedos.

La calle, húmeda por la lluvia reciente, le devolvió un aire frío que le golpeó el rostro. Caminó despacio, intentando concentrarse, pero los nervios le nublaban el pensamiento.

Miró el reloj de su teléfono: 9:17 a. m. El tiempo siempre parecía jugar en su contra. Si llegaba tarde otra vez, le descontarían el turno. Y, si eso sucedía, no tendría dinero suficiente para los medicamentos de la mujer que la esperaba en casa.

Así que aceleró el paso.

El edificio destacaba entre las construcciones vecinas. Vidrios oscuros, líneas frías; demasiado perfecto para esa calle. Sobre la entrada, un enorme letrero anunciaba:

**"Centro de Reproducción y Acompañamiento Materno".**

Helena permaneció unos segundos frente a la entrada, sintiendo una extraña resistencia a dar el paso.

Al cruzar la puerta sintió de golpe el olor a desinfectante mezclado con café recalentado. La recepcionista levantó la vista y le clavó una sonrisa ensayada.

—Buenos días. ¿Tiene cita programada?

—Sí —asintió Helena.

—Nombre, por favor.

—Helena Hamilton.

La recepcionista comenzó a teclear en su computadora. Luego, alzó la mirada y la observó por encima de sus lentes.

—Perfecto, señora Helena. Tome asiento, en breve la llaman.

Helena se acomodó en el pequeño sofá de la sala de espera. Había más mujeres allí, pero nadie se hablaba.

Unas se refugiaban en las pantallas de sus teléfonos, mientras que otras simplemente miraban al vacío, inmóviles, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Helena Hamilton.

Una voz llegó desde el pasillo y rompió el silencio. Helena se puso de pie de un salto.

—Por aquí, por favor —indicó una enfermera.

La enfermera no dijo nada. Caminaba con paso firme, sin fijarse en los números de las puertas, guiándola por un corredor blanco y sin ventanas. El pasillo, larguísimo y extrañamente limpio, estaba decorado con cuadros abstractos.

Helena notó que uno de ellos colgaba ligeramente torcido. La quietud del lugar se le incrustaba en el cuerpo. Incluso el personal caminaba con una discreción casi irreal, como si las paredes absorbieran cada pisada.

Las zapatillas de la enfermera apenas hacían ruido al caminar.

Finalmente, la condujo a una sala pequeña, con una mesa redonda, dos sillas y una botella de agua perfectamente colocada en el centro. La habitación estaba demasiado ordenada.

—En unos minutos entrará la doctora —anunció la enfermera, rompiendo el silencio.

—¿Doctora? —preguntó Helena, sintiendo un ligero temblor en la voz.

—Solo una evaluación inicial. Nada invasivo —respondió la enfermera antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Helena se quedó sola en la silla. El silencio regresó de golpe y su pierna derecha empezó a temblar con un tic rápido, descontrolado.

Minutos más tarde, el pomo de la puerta giró.

La doctora entró sosteniendo una carpeta delgada. Miró a Helena y se sentó al otro lado de la mesa.

—Helena Hamilton, ¿correcto? —preguntó.

—Sí.

—Encantada. Soy la doctora Eleanor Sinclair. Bienvenida al programa de reproducción asistida —dijo mientras se sentaba y cruzaba las piernas.

Abrió el expediente, hojeó un par de papeles sobre la mesa y se acomodó el bolígrafo entre los dedos.

—Vamos a confirmar la información básica del programa —continuó, sin levantar la vista de los papeles.

—Edad.

—Treinta y dos.

—Estado civil.

—No casada.

—¿Dependientes económicos?

Helena pensó en la mujer que la esperaba en casa.

—Uno.

La doctora anotó la respuesta sin apartar la vista del formulario, como si cada dato encajara en un esquema previamente establecido.

—¿Situación laboral actual?

—Camarera temporal. Por turnos.

—¿Motivo de solicitud del programa?

Helena tomó aire despacio. Había ensayado esa respuesta, pero ahora la realidad la abrumaba.

—Necesito estabilidad económica y apoyo médico para una persona a mi cargo.

La doctora tomó nota sin hacer comentarios.

La respuesta no pareció sorprenderla; se notaba que había escuchado historias similares cientos de veces.

Luego pasó una hoja.

—Le explicaré nuevamente las condiciones, aunque ya debería haberlas recibido en su correo electrónico.

Helena fruncía el ceño, confundida. Bajó la vista al contrato.

Las páginas lucían impecables, redactadas a conciencia para no dejar margen a ninguna pregunta.

“Compromiso de disponibilidad gestacional”.

“Residencia obligatoria durante el proceso”.

“Supervisión integral del núcleo beneficiario”.

La palabra “núcleo” le sonó extraña.

—¿La familia... la puedo elegir? —preguntó finalmente.

La doctora negó con la cabeza.

—La asignación no la elige usted. La clínica se encarga de eso.

Helena se quedó sin aire. No esperaba esa respuesta.

—¿Vivir con ellos? —preguntó, casi en un susurro.

—Es parte del protocolo —respondió la doctora—. Asegura estabilidad, control médico continuo y el correcto desarrollo del proceso.

Durante semanas le había dado vueltas a la idea del embarazo, pero jamás imaginó que tendría que convivir con la familia.

Helena bajó la vista al contrato mientras se le hacía un nudo en el estómago. Pensó en Graciela, en el montón de facturas acumuladas y en ese miedo constante a no llegar a fin de mes.

“Es solo un procedimiento”, se dijo a sí misma. “Es médico. Es legal”.

La doctora deslizó el bolígrafo sobre la mesa un poco más cerca.

—Si está de acuerdo, firme en la última página.

Helena no tomó el bolígrafo de inmediato. Lo dejó sobre la mesa. Se quedó mirando la hoja final.

—La persona que depende de mí... —murmuró—. ¿Qué pasará con ella?

La doctora levantó la vista.

—¿A qué se refiere?

—La mujer que vive conmigo está enferma y depende de mí. Requiere supervisión constante, no puedo desaparecer durante meses.

La doctora no respondió de inmediato. Desvió la mirada hacia la ventana de cristales oscuros y luego revisó una de las páginas del expediente.

El teléfono de la doctora vibró sobre la mesa. Ella miró la pantalla, leyó el mensaje y, tras un breve silencio, guardó el aparato.

—Su situación ya fue evaluada —dijo, fijando sus ojos en Helena—. El programa incluye asistencia complementaria: atención médica, medicamentos y una cuidadora asignada para ella.

Helena arrugó la frente.

—¿Evaluada?

La doctora alzó la mirada con serenidad.

—Sí, señora Hamilton. Antes de aprobar cualquier solicitud, verificamos el entorno completo de cada candidata.

Helena parpadeó, desconcertada.

—¿Ustedes harían eso? —preguntó, con un hilo de incredulidad.

—Sí, señora Hamilton. Forma parte del protocolo. Los participantes con dependientes a su cargo reciben asistencia complementaria.

Durante días, Graciela había estado en sus pensamientos. Se preguntaba quién se encargaría de ella. Pero ahora, al saber que estaría atendida, una pequeña ola de tranquilidad se instaló en su pecho.

Aun con eso, la inquietud no desapareció.

Helena volvió a mirar el contrato. Una parte de ella deseaba soltar el bolígrafo y salir corriendo, pero la otra no podía dejar de hacer cálculos.

Tras unos minutos de tenso silencio, tomó la hoja y firmó.

—Perfecto. Después de esta cita, y antes de dar inicio al proceso, se le asignará una consulta con psicología. Por el momento, eso es todo —dijo la doctora mientras organizaba los documentos y se preparaba para marcharse.

Helena asintió en silencio, aunque en realidad apenas había procesado la mitad de lo que acababa de escuchar.

Cuando la doctora salió, la puerta se cerró con suavidad, dejándola completamente sola en la sala.

Helena no sabía que estaba siendo observada.

A través de la ventana de cristales polarizados que ocupaba una de las paredes del nivel superior, William Spencer observaba la escena en silencio, como si fuera un espectador en un teatro.

Desde su posición, podía ver el interior de la sala donde Helena acababa de firmar la última página del contrato.

El hombre cerró parcialmente el expediente que tenía en las manos. Sus ojos se detuvieron en la fotografía que acompañaba al expediente.

La observó durante largos segundos. Luego, con la yema de los dedos, recorrió suavemente el borde de la fotografía de Helena.

Se quedó inmóvil, absorto en la imagen. Se parecía demasiado a su difunta esposa. Mantuvo la mirada fija en la fotografía durante varios segundos más.

Luego, cerró el expediente despacio, tomó el teléfono de la mesa y marcó una extensión interna.

—Sí, señor —respondió una voz al otro lado.

William no apartó la vista del cristal.

—Autoricen la cobertura médica completa para la paciente dependiente.

—Y asegúrense de que Helena Hamilton no sea ofrecida a ningún otro programa ni a otra familia de padres intencionales.

Colgó sin esperar respuesta.

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