William Spencer se encontraba junto al altar conmemorativo dedicado a Alicia Bennett, su esposa, quien había desaparecido hace dos meses en un trágico accidente en altamar. A pesar de los esfuerzos incansables de los rescatistas, su cuerpo nunca fue hallado.Aceptaba los pésames sin decir una palabra, apenas con un leve movimiento de cabeza. Entre los dedos apretaba una rosa blanca; se aferraba al tallo como si esa flor fuera lo único que le quedaba de ella.Desde un rincón, cerca de las coronas fúnebres, Leonor Patterson observaba a William. No hacían falta palabras para ver que ahora estaba completamente solo: al mando de un imperio empresarial y de una fortuna que muchos envidiaban, pero, por primera vez, sin Alicia a su lado.Tras un breve silencio, se puso de pie. Alisó la tela de su vestido negro, una prenda ajustada que acentuaba sus curvas con una elegancia fría. Con el cabello impecable, se acercó a William con un andar felino, sigiloso.Al llegar a su lado, no dijo nada. Man
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