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Capítulo 6: El Fantasma Entre Nosotros.

William se quedó inmóvil, viéndola perder el control.

—Estoy hablando completamente en serio —dijo con una calma helada.

Leonor se pasó las manos por el cabello con desesperación, caminando sin rumbo por el despacho, incapaz de contener la agitación.

—No. Esto no tiene sentido —insistió, con la voz a punto de romperse—. Vamos a tener un hijo, William. El heredero que tú y tu familia tanto querían. Para eso hicimos todo esto… por eso buscamos a esa mujer.

Esas palabras le tocaron una fibra extraña. El heredero… ya no le importaba.

Leonor había transformado ese deseo en una obligación, en una burda imposición para encajar en la sociedad. Sus padres también querían imponerle ese niño. Pero para él, todo había cambiado radicalmente desde la aparición de Helena.

William apartó la vista. Caminó a paso lento hacia la ventana y se quedó mirando afuera, dándole la espalda.

—Eso no cambia nada —dijo, sin un gramo de emoción—. El niño va a ser el heredero Spencer. Pero lo nuestro se terminó.

Detrás de él, Leonor seguía de pie, temblando de rabia y miedo.

—¿Hay otra persona? —soltó de golpe.

La pregunta flotó en el aire, pesada.

William no abrió la boca. Ella se le quedó mirando fijo, buscando el menor titubeo en su espalda, una grieta que lo delatara.

—William… respóndeme —insistió, con el hilo de voz que le quedaba.

Aquel reclamo hizo que la imagen de Helena reapareciera en su mente una vez más.

—Esto no se trata de otra persona.

Leonor soltó una risa amarga.

—Entonces explícamelo —le espetó—, porque de verdad no entiendo nada.

Sintió un nudo horrible en la garganta y los ojos se le inundaron de lágrimas.

—Llevo años a tu lado —continuó, con la voz temblorosa—. He soportado tu distancia, tu frialdad, tus silencios… También te ayudé a reconstruirte cuando estabas destruido por la muerte de Alicia.

William finalmente se dio la vuelta y la sostuvo con una mirada completamente gélida.

—Porque no puedo seguir viviendo una mentira. Tú sabes perfectamente, Leonor, que nunca te he amado.

Leonor sintió que algo se le rompía por dentro. Se largó a llorar con rabia, las lágrimas corriéndole por la cara y arruinándole el maquillaje perfecto que tanto cuidaba.

Se llevó una mano al vientre, casi por instinto, respirando a bocanadas como si el aire le quemara el pecho.

—¿Y el bebé…? —le soltó, con los ojos empañados en puro dolor—. ¿A él también lo vas a dejar?

—Ya te lo dije, ¿qué parte no entendiste, Leonor? —la cortó él, perdiendo la paciencia—. Jamás lo abandonaré. Pero te repito que lo nuestro es una farsa. Ya no da para más.

—Entiendo —susurró ella, con una resignación que daba miedo.

Se dio la vuelta y salió del despacho a ciegas por el llanto. Un segundo después, la puerta tembló con un portazo violento.

Los días que siguieron después de esa discusión fueron intensos.

A escondidas de Leonor, recorría una y otra vez la habitación donde alguna vez había compartido momentos de intimidad con Alicia. Ahí, entre la penumbra, buscaba lo poco que todavía le quedaba de ella. Leonor se había encargado de tirar casi todas sus cosas tiempo atrás, pero él se las había ingeniado para esconder un par de objetos como si fueran tesoros.

Casi a diario sacaba una caja pequeña del fondo del clóset. Adentro había un par de pertenencias sueltas y, doblada con un cuidado enfermizo, la bufanda rosa que había sido la favorita de Alicia.

William la sostenía entre sus manos y la miraba durante largos minutos. Luego, la acercaba lentamente a su rostro y aspiraba profundamente el tenue perfume que aún quedaba en ella. Se aferraba a ese aroma con desesperación, temiendo que algún día se desvaneciera para siempre.

Leonor lo seguía como una sombra, escondiéndose detrás de las puertas o espiándolo desde la distancia. Durante aquellos días lo había visto repetir los mismos gestos, como si se tratara de un ritual sagrado.

La furia la estaba carcomiendo. Ver que ni siquiera estando muerta podía ganarle a Alicia. Eso la estaba volviendo loca.

Después de varios intentos que no funcionaron, por fin el tratamiento había salido bien. Los embriones se habían implantado correctamente en el vientre de Helena, y los primeros exámenes confirmaban que todo marchaba como se esperaba. Dentro de ella, una nueva vida comenzaba a abrirse paso.

Esa tarde, Roberto, el chófer de la familia, fue el encargado de recoger a Helena en la clínica tras sus últimos chequeos médicos.

El viaje transcurrió en silencio. Helena observaba por la ventanilla del lujoso automóvil mientras la ciudad quedaba atrás. Cuando finalmente llegaron a la propiedad, sus ojos se abrieron con asombro.

Ante ella se alzaba una mansión majestuosa. Durante unos segundos, se quedó inmóvil, contemplándola. Un destello fugaz cruzó su mente, una sensación extraña y difícil de describir, como si ese lugar perteneciera a un sueño lejano del que acababa de despertar.

Los empleados salieron rápido a recibirla y a bajar sus pocas cosas. Helena se bajó del auto con algo de timidez, incapaz de apartar la vista de la enorme residencia.

Uno de los empleados la llevó hasta la sala principal. Al entrar, Helena se quedó impresionada con los ventanales enormes, los muebles finos y cada detalle que decoraba el lugar.

Se sentó en la esquina de un sillón y cruzó las manos sobre las piernas para que no se le notara el temblor. El corazón le iba a mil por hora mientras esperaba que aparecieran William y Leonor.

Unos minutos después, los dos entraron a la sala.

Helena se paró de golpe, tragando saliva por los nervios.

Pero en cuanto Leonor levantó la vista y la tuvo enfrente, se quedó completamente helada.

Sus ojos se abrieron de golpe, como si acabara de ver un fantasma. En dos segundos se quedó pálida, sin un rastro de color en la cara, y empezó a respirar a bocanadas. Sus dedos se aferraron al bolso que llevaba en la mano mientras observaba a la joven de arriba abajo y una expresión de incredulidad y horror se dibujó en su cara.

A su lado, William permaneció inmóvil.

Sus ojos recorrieron el rostro de Helena con una mezcla de asombro y una emoción que no pudo ocultar. Por unos segundos entreabrió los labios, pero no le salió ni una palabra. El corazón empezó a golpearle con fuerza en el pecho mientras una marea de recuerdos se le venía encima.

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