Cuando miro a Gabriel, él solo mueve su mano y se despide de mí con un gesto tranquilo, dejándome a solas con su hermana en el vestíbulo de la mansión.
—Bueno, Mía, ¿qué tal si vamos de compras? Necesito renovar algunas cosas y me encantaría tener tu opinión profesional —sugiere Estefanía, radiante.
Detiene sus pasos frente a la puerta, de modo que me veo obligada a hacer lo mismo para no chocar con ella. La miro con curiosidad, tratando de descifrar qué hay detrás de esa vitalidad desbordante.