El amor irresistible de mi jefe

El amor irresistible de mi jefeES

Romance
Última actualización: 2026-07-13
Rashy  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Zoe es una brillante empleada de marketing de origen humilde que vive secretamente enamorada de su jefe, el implacable y frío magnate Alexander Miller. Para Alexander, las personas son solo piezas de negocios, pero cuando un escándalo mediático con su exnovia amenaza su reputación corporativa, encuentra en Zoe la coartada perfecta. Sabiendo que la mirada de adoración de la joven es real y genuina, le propone un trato: un romance falso ante las cámaras para limpiar su imagen pública. Cegada por la ilusión y la inocente esperanza de conquistarlo, Zoe acepta el trato y se esfuerza con dulzura por ganarse un lugar en su vida, logrando incluso encantar a la poderosa familia de su jefe. Aunque la química física entre ambos estalla con una pasión salvaje que empieza a tambalear las defensas del magnate, un doloroso recordatorio de que Alexander se juró a sí mismo jamás volver a amar a otra mujer termina por romper el corazón de Zoe. Al darse cuenta de que solo es un peón en su tablero, ella decide alejarse definitivamente. Es entonces cuando Alexander, tras perder lo único real que daba por sentado, tendrá que dejar de lado su orgullo y luchar con uñas y dientes para ganarse, por primera vez de verdad, el corazón de Zoe.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Capítulo 1

—¿¡Qué?! ¿Te gusta nuestro jefe?

El grito ahogado de mi amiga rompió el zumbido constante de la cafetera en la sala de descanso. Priscila me miró con los ojos como platos, sosteniendo su taza a mitad de camino.

Me obligué a sostenerle la mirada. Sentía las mejillas calientes, pero el peso del secreto ya me estaba asfixiando. Tuve que decírselo; era la única manera de explicarle por qué demonios había rechazado esa oportunidad única de traslado al extranjero. Una oferta con la que cualquier empleada de oficina en sus veintes soñaría, pero que yo había dejado pasar sin parpadear. Y todo por él.

—Cariño, de verdad eres una mujer tonta —susurró Priscila, dejando la taza de golpe sobre la barra—. ¿Existe algo más estúpido que enamorarse de tu propio jefe? ¿Sabes cuál será tu final? Solo uno: ¡te va a explotar sin piedad! O peor, te va a despedir, Zoe.

Dejé que sus palabras flotaran en el aire sin darles verdadera importancia. Priscila hablaba desde la lógica, pero mi lógica se había evaporado hacía años. Llevaba demasiado tiempo guardando este amor en el pecho, alimentándolo en silencio mientras hacía horas extra que nadie me pedía, resolviendo crisis de contratos a mitad de la noche y asegurándome de que su agenda fuera perfecta. Hubo días en los que apenas dormía dos horas por quedarme revisando sus informes, pero a la mañana siguiente me levantaba antes del amanecer para maquillarme a la perfección y planchar mi falda ejecutiva. Todo lo que hacía por Alexander Miller superaba con creces los deberes de una empleada normal. Había dado mi vida entera para volverme indispensable y ganarme su confianza. Rendirse ahora, después de haber escalado con uñas y dientes en este difícil entorno, simplemente no era una opción.

—No seas tonta, Zoe, eres una mujer inteligente. Sabes que es una mala idea —añadió Priscila con profunda preocupación en la mirada.

Alexander era un león implacable y yo... yo era una simple hormiga trabajando en su torre de marfil. Una chica como yo, que apenas comenzaba a entender este complicado mundo empresarial, tenía demasiado en juego; pero es que simplemente no lo podía evitar. Necesitaba una respuesta, un cierre a todo esto que me quemaba en el pecho.

Él tenía una mirada gris y penetrante que parecía ver a través de las personas, como si pudiera leerte los pensamientos con solo un pestañeo. A veces, cuando se quedaba callado evaluando mi trabajo, me entraba el pánico de que pudiera notar lo mucho que suspiraba por él.

Me preguntaba si él se daba cuenta de que yo notaba cada detalle suyo. Amaba verlo con su cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás, con esa pulcritud de catálogo financiero; pero casi me desmayé de la emoción el mes pasado cuando, tras un día infernal de juntas y estrés, llegó a la oficina con el pelo desalborotado, cayéndole sobre la frente. En ese momento se vio tan real, tan peligrosamente humano, que mi corazón amenazó con salirse de mi pecho. ¿Podría escuchar mis latidos cuando se me acercaba a firmar un papel? No estaba segura, pero ya no podía seguir escondiéndome en los pasillos.

Quizás muchos dirían que era una ingenua, una soñadora cuya inocencia debió morir hace mucho tiempo, pero mi apariencia y mi esfuerzo respaldaban mi confianza. No era una supermodelo, pero sabía que era una mujer atractiva, eficiente y con una figura que no pasaba desapercibida para ningún hombre. Me había ganado mi lugar aquí. Esperaba que, en todos estos años de trabajar codo a codo, él hubiera notado al menos un destello de eso en mí.

—Lo he observado durante mucho tiempo, Pri —le dije, enderezando la espalda y clavando mis ojos en los suyos—. Está soltero. Así que ya lo decidí: voy a declararme y voy a conquistarlo. Voy a convertirme en su novia.

Priscila saltó hacia mí y me tapó la boca con la mano de inmediato, mirando frenéticamente hacia la puerta de cristal de la sala de descanso, asegurándose de que ningún otro empleado estuviera cerca.

—¿Te has vuelto loca? —siseó con terror—. ¡Si esto se sabe en los pasillos, todas las mujeres de la empresa te van a devorar viva!

Me aparté su mano suavemente y sonreí con toda la seguridad que mi propia fantasía me daba.

—No pasa nada, no tengo miedo. Le voy a gustar. Ya lo verás.

Tomé la carpeta que contenía los últimos informes financieros y salí de la sala antes de que ella pudiera darme otro discurso. Caminé hacia el baño de la alta dirección para el último filtro. Frente al espejo, me acomodé la chaqueta de mi traje y desabroché el primer botón de mi blusa, lo justo para alargar mi cuello. Tiré un poco de la pretina de mi falda hacia arriba, elevando el dobladillo unos centímetros por encima de las rodillas para dejar a la luz mis piernas. Mi melena color caramelo caía en ondas perfectas y mi labial seguía intacto. Todo estaba listo. Era el momento de que me notara de verdad, de dejar de ser la sombra que organizaba su vida y convertirme en su mujer.

Crucé el pasillo y me detuve frente a la enorme puerta de la oficina presidencial. Mi mano tembló ligeramente al rozar la madera. Tomé una bocanada de aire, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en los oídos, y antes de que el valor se me escapara, empujé la puerta.

Alexander estaba allí. No estaba revisar su computadora ni hablando por teléfono; estaba sentado sobre el borde de su imponente escritorio, con las piernas cruzadas y los brazos flojos, como si hubiera estado esperando exactamente por alguien... o por mí.

Me miró fijamente. Esos ojos miel devoradores se clavaron en los míos, enmarcados por unas pestañas largas que suavizaban su expresión dura. El pulso se me aceleró al mirar su boca. Dios, su boca. Sentí una punzada en el estómago y pensé que probablemente moriría el día que esos labios tocaran los míos. ¿Saldría de ellos una declaración que me elevara al cielo, o una daga directo al corazón?

—Tengo algo de qué hablar con usted, señor —murmuré; mi voz sonó más pequeña de lo que quería, con un temblor delator que intenté ocultar apretando la carpeta contra mi cuerpo.

La intensidad de su mirada aumentó, barriéndome por completo.

—Ven acá, Zoe —pronunció. Su voz, esa vibración profunda y atrapante, me golpeó el pecho como una orden hipnótica.

Mis piernas obedecieron por pura inercia. Di unos pasos tímidos y me detuve a una distancia prudencial.

—Acércate más —ordenó de nuevo, sin desviar los ojos de los míos.

El corazón me dio un vuelco salvaje. Di dos pasos más, rodeando el mueble, hasta quedar tan cerca de él que su perfume me envolvió por completo, nublándome los sentidos. Tener la imponente belleza de su rostro a escasos centímetros me ablandó las rodillas. Me desarmó. Toda la declaración de amor que había ensayado mentalmente desapareció de mi mente; ya no era capaz de pronunciar una sola palabra coherente. Me quedé allí, atrapada bajo la intensa gravedad de su presencia, sintiéndome pequeña, desnuda y completamente expuesta.

Antes de que pudiera procesar el peligro de mi posición, Alexander acortó la distancia que nos separaba. Fue un movimiento rápido, fluido. Su mano, grande y firme, se deslizó por mi costado y me rodeó la cintura con un agarre posesivo que me pegó de golpe contra la dureza de su cuerpo. Al mismo tiempo, su otra mano subió a mi rostro, atrapando mi barbilla entre sus dedos con una delicadeza abrumadora que me obligó a mirar hacia arriba.

Y entonces, sin que le importaran en lo más mínimo las miradas de los empleados que caminaban al otro lado de las paredes de cristal de su oficina, me besó.

Fue un beso profundo y deliberado que me arrebató el aliento de los pulmones. Alexander no dudó; sus labios, los mismos con los que yo había soñado en mis noches de desvelo, se posaron sobre los míos devorándolos con una intensidad contenida que me hizo estremecer de la cabeza a los pies. El contraste de la situación era brutal: afuera, el mundo corporativo seguía su curso, mis compañeros pasaban con carpetas y podían ver perfectamente el escándalo que se desarrollaba en el despacho presidencial; pero adentro, él me estrechaba contra su pecho con una urgencia que parecía borrarnos del mapa.

Sintiendo que el piso desaparecía bajo mis pies, me aferré a sus hombros mientras él profundizaba el contacto, moviendo sus labios contra los míos con un ritmo lento pero dominante. Mi corazón latía con tanta violencia contra mis costillas que sentí dolor, intoxicada por su sabor y por la firmeza de sus manos manteniéndome unida a él. Un torbellino de emociones y dudas comenzó a inundar mi mente. No entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Esto era real, me había vuelto loca por fin, o simplemente estaba atrapada en otra de sus vívidas y desesperadas fantasías de oficina?

«¿Será posible... que de alguna forma haya escuchado lo que planeaba decirle?»

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