Su destino Prohibido.

Su destino Prohibido. ES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-06-19
Náyade de la Luz   Recién actualizado
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Resumen
Índice

Tenía siete años cuando Eleanor fue nombrada Luna de la manada. Entró a nuestra casa con sus dos hijos y esa sonrisa de hiena. Asesinó a mi padre, el Alfa. Siete años son suficientes para recordar su voz, su olor y la noche en que todo se incendió. Recuerdo el fuego. Las llamas devorando la casa de mi padre. La mano de Eleanor apretándome la boca mientras me susurraba: "Si lloras, te quemo a ti también". Le dio a su hija mi nombre. La presentó como Alma Zidal ante todos. Yo quedé como Marianne, su hija problemática. Llevo trece años callando, agachando la cabeza, tragándome todo lo que sé. Sé quién soy. Sé la sangre que corre por mis venas: sangre de Alfa. Sangre de la verdadera heredera. Pero Eleanor suprimió mi loba con hierbas, con silencios, con brujerías y con el miedo que plantó en mí desde el primer día. Mi loba nunca despertó. Nunca respondió, por más que yo esperara que algo dentro de mí se moviera para ser libre...

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Capítulo 1

Capítulo 1. Lo que dejó la noche.

★Marianne★

Lo primero que sentí fue el peso de un cuerpo extraño a mi lado.

Parpadeé, confundida. El techo no era el mío. Mi habitación tenía goteras y una mancha que parecía reírse de mí cada mañana. Este techo era sólido. Noble. Como todo lo que se me había negado.

El corazón me golpeó con fuerza contra las costillas cuando giré la cabeza.

Un hombre dormía junto a mí.

Cabello negro, hombros anchos y musculosos que se movían con una respiración profunda y tranquila. Su espalda desnuda mostraba líneas de músculos definidos, los tatuajes que recorrían su espalda daban miedo y en el aire flotaba un aroma… salvaje. A bosque después de la lluvia, a algo antiguo y peligroso que hizo que mi piel se erizara.

No era mío. Nada de esto era mío.

Me incorporé lentamente, conteniendo el mareo que amenazaba con tirarme de nuevo. La camisa que llevaba, que era su camisa, se deslizó por uno de mis hombros, dejando mi piel expuesta. Olía a él. Ese olor se me metió dentro, despertando algo que no entendía.

¿Qué demonios pasó anoche?

Me revolví el cabello. Los recuerdos llegaron en pedazos rotos: la copa que Alma insistió en que bebiera, su sonrisa falsa susurrando "buena suerte, Marianne", el sabor demasiado dulce del vino… y después nada. Oscuridad.

Alma. Mi maldita hermanastra.

Ya sabía yo que tanta amabilidad era pura trampa. Esta vez había ido demasiado lejos y nadie me iba a defender.

Me bajé de la cama sin hacer ruido, con el corazón en la garganta. Mis pies descalzos tocaron el suelo helado del mármol.

Dios mío, ¿dónde estoy?

Busqué mi vestido por todas partes: debajo de la cama, detrás de la silla, junto a la ventana. Nada. Solo la ropa de él, perfectamente doblada, oliendo a poder y a dinero.

—Lo siento… —susurré sin voz, mientras tomaba sus pantalones y su chaqueta cara.

Me vestí con manos temblorosas, tragándome las lágrimas. La chaqueta me quedaba enorme, pero me envolví en ella como si pudiera esconderme del mundo. Antes de salir, no pude evitar mirarlo una última vez.

Era muy… hermoso. Incluso dormido, su presencia llenaba la habitación. Había algo en él… algo que hacía que mi pecho se apretara de una forma extraña y... agradable.

Salí y cerré la puerta con cuidado.

El pasillo era largo y demasiado silencioso. Encontré una ventana al fondo, la abrí despacio y miré hacia abajo. El jardín quedaba a unos tres metros. Detrás de mí, en algún lugar, alguien empezó a gritar.

No esperé más.

Salté.

Aterricé mal, con las rodillas dobladas y las palmas abiertas contra la tierra húmeda. El dolor subió por los brazos pero no me detuve. Me puse en pie y corrí hacia las rejas del jardín con los pulmones ardiendo, sin mirar atrás, con las voces haciéndose más lejanas a cada paso. Subí las rejas con los dedos agarrando el hierro y salté al otro lado.

Llegué al pueblo jadeando.

Todo seguía su rutina. Los carros del mercado, el olor a pan, la gente moviéndose sin mirarme. Yo estaba en medio de todo eso con la ropa de un desconocido y los pies descalzos y ningún sitio adonde ir.

Estaba fuera de casa. Por primera vez, fuera de los ojos controladores de Eleonor. Pero seguía sintiendo ese hilo invisible que me ataba a ella.

¿A dónde vas, Marianne?

No tenía dinero. No tenía a nadie. No podía salir del pueblo sin permiso. Eleanor se había encargado de eso hace años, de la misma manera que se había encargado de todo lo demás meticulosamente. Sin dejar cabos sueltos.

—¡Marianne!

La voz de Robert me detuvo en seco.

Me giré. Estaba al final de la calle con dos guardias, la mandíbula apretada y esa mirada suya que era furia contenida a punto de romperse. Llevaba horas buscándome. Eso se le leía en la cara.

Sus manos me atraparon con una fuerza que dejaba marcas y yo no forcejeé porque aprendí hace mucho que forcejear solo añade moretones sin cambiar el resultado.

—¿Dónde estuviste toda la noche? —Me sacudió—. ¡Habla!

Sus ojos bajaron a la ropa, a la chaqueta demasiado grande y a los pantalones que no eran míos.

La furia en su cara cambió a algo peor.

—¿De quién es esa ropa? —dijo en voz baja y con los ojos llameantes—. Voy a matarlo. Y tú lo vas a pagar hermanita por esto.

El regreso fue en silencio.

En la mansión me esperaba la señora Eleanor. No hubo palabras, solo su manera de corregir las cosas que se salían de la línea.

El primer latigazo me arrancó el aire. El segundo me hizo morder el labio hasta sentir sangre. Para el tercero, había dejado de contar. Solo existía el silencio del patio trasero, el olor a tierra mojada mezclándose con el de mi propia sangre, y el dolor cegador que me robaba las ganas de gritar. No les daría el gusto de oírme.

Cuando terminó, me arrastraron a mi habitación.

Vi en el pasillo a Robert. Me miraba con la mandíbula apretada y los puños cerrados.

Se detuvo ante mi.

—¿Ves lo que provocas? —gruñó—. Pórtate bien, Marianne. Detesto cuando el cinturón te marca la piel. Te dejé en tu cuarto medicina.

Y se fue.

Me dejaron en la habitación y cerraron la puerta con llave.

Me dejé caer en el suelo porque la cama estaba demasiado lejos. La espalda me ardía. Las rodillas todavía sangraban de la caída del jardín. Me abracé las rodillas y me quedé así, en silencio, hasta que el silencio se volvió demasiado pesado.

Entonces canté.

Era la canción de mi padre. La única cosa que nadie me había podido quitar porque vivía dentro de mí y no tenía forma ni peso ni apellido que robar.

"Que el viento me lleve, que el río me cuente lo que olvidé, que alguien recuerde que estuve aquí".

La voz me salió rota al principio pero luego se fue asentando sola.

Fue entonces cuando lo sentí.

Un calor quemante en la muñeca izquierda. No como quemadura, como algo que llevaba dormido mucho tiempo y acababa de abrir los ojos.

Bajé la mirada.

Sobre mi piel brillaba un sello plateado que palpitaba con vida propia. Una media luna entrelazada con líneas que se curvaban hacia dentro como runas antiguas, como si la Diosa Luna hubiera dibujado sobre mí con su propia luz.

Lo toqué con un dedo.

Estaba caliente. Era real.

Me quedé inmóvil con la canción muerta en la garganta.

Justo cuando mis dedos se cerraban sobre el sello, intentando ocultarlo, la puerta se abrió.

Alma entró sin llamar, como siempre. Me miró de arriba abajo y sonrió con esa boca suya que aprendió a sonreír de su madre.

—Ahora que estás deshonrada —dijo—, mamá va a tener que casarte con Darío. El omega del distrito sur. Está muy interesado en ti —Inclinó la cabeza—. Al menos te dará un apellido. Una loba sin manada, sin rango, sin nada —se encogió de hombros— no puede aspirar a más.

Quería partirle la cara.

No podía.

Me puse en pie, con la espalda ardiendo y las manos cerradas.

—Fuiste tú —dije—. Me drogaste.

—Cuidado con las acusaciones —Su voz fue suave, casi amable—. Puedo contárselo a mamá y puede costarte muy caro.

Apreté los dientes.

—Esta noche viene mi prometido —continuó, como si yo no hubiera hablado—. Un príncipe Lycan. Nos iremos a su reino, a la gran ciudad y tú te quedarás aquí, en este pueblo, con tu marido omega —Se acercó un paso—. Así termina la historia de la verdadera Alma.

—Algún día —dije entre dientes— toda esta farsa saldrá a la luz. Lo que tu madre le hizo a mi padre. Lo que te hicieron a ti para ponerte en mi lugar. Y lo pagarán.

El bofetón me viró la cara.

—¿Quién te va a creer? —siseó—. Eres nadie. Llevas años siendo nadie. Debiste morir con tu padre y mamá te salvó, ingrata.

—Me salvó para robarme, porque me necesitaban. Porque conmigo muerta tú jamás podrás sostener tu falsa.

El segundo bofetón llegó antes de que terminara la frase.

—¡Cállate!

—La sangre no se borra —murmuré con la mejilla ardiendo—. Puedes ponerte mi nombre, mi apellido. No puedes ponerte mi sangre ni con mil brujerías.

—¿Qué acabas de decir?

La voz de Eleanor llegó desde la puerta.

No la había escuchado entrar. Alma se giró hacia su madre con esa sonrisa de siempre, la de quien acaba de ganar, y yo me quedé quieta con la mejilla ardiendo.

Supe que estaba perdida.

Pero también supe, por primera vez en años, que algo había despertado.

Y que Eleanor no lo sabía todavía.

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