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Capítulo 2: Lo que el lobo siente.

★Adrien★

Yo no creía en el destino.

Veinticinco años construyendo esa convicción ladrillo a ladrillo, cada vez que algún anciano de la manada hablaba del vínculo con los ojos brillantes y esa reverencia que me ponía los pelos de punta. El destino era para los débiles. Yo era Adrien de Valdrek, príncipe heredero del reino Lycan más poderoso del norte. Yo escribía mi propio destino.

—Adrien —Cassian apareció a mi lado con dos copas y esa sonrisa peligrosa que siempre anunciaba problemas—. Llevas diez minutos mirando la nada.

—Estoy pensando.

—Estás aburrido —corrigió, poniéndome la copa en la mano— que es peor.

Tenía razón. La posada era ruidosa, y olía a cerveza derramada y a sexo crudo. Exactamente el tipo de lugar que un príncipe no frecuentaba… pero mañana empezaban las formalidades, los protocolos y la prometida política que nunca había pedido. Esta noche aún era mía.

Cassian se sentó. Al otro lado, Drevon desplumaba a dos lugareños en las cartas con esa cara inocente que lo hacía letal.

Estábamos riendo de algo trivial cuando lo sentí.

Un tirón en el pecho. No dolor. Algo más profundo. Primordial.

Luego llegó el sonido: una risa masculina ronca desde el piso de arriba. Y debajo de esa risa, un olor que se me atoró en las fosas nasales.

«Ella».

El lobo se levantó de golpe dentro de mí.

Me puse de pie sin pensarlo.

—¿Adónde vas? — preguntó Cassian.

No respondí. Subí las escaleras con paso controlado, pero el corazón me latía como un tambor de guerra. El pasillo estaba lleno de humanas que reían y divertían a los lobos. Pero debajo de todo eso… jazmín, miedo y algo dulce que me hizo apretar los puños.

Abrí la puerta del fondo sin llamar.

El hombre que estaba inclinado sobre la cama se giró. Treinta y tantos, manos grandes, sonrisa que se congeló en cuanto vio mis ojos. Sobre la cama, inconsciente, estaba ella.

Cabello negro desparramado sobre la almohada. Vestido azul medio rasgado, dejando ver la curva de sus muslos. Puños cerrados incluso dormida. Una marca vieja en el pómulo que me hizo ver rojo.

«Mate».

El calor me atravesó como lava. El lobo empujaba contra mis costillas, queriendo salir, queriendo destrozar al hombre que había osado tocar lo que era mío.

—Sal —dije con voz ronca.

El tipo no necesitó que se lo repitiera. Desapareció.

No fue gradual. Fue como si alguien hubiera metido una mano dentro de mi pecho y apretado algo que yo no sabía que existía. Un calor furioso, antiguo, salvaje.

«Mate».

La voz dentro de mí no fue un susurro. Fue un rugido.

«Nuestra».

—Cállate —dije en voz baja.

«Ve a ella. Tócala. Que sepa que...»

—He dicho que te calles.

Me quedé inmóvil en el centro del cuarto mientras el lobo empujaba contra mis costillas como si las paredes fueran papel.

«Está sola. Está aquí. Es nuestra y alguien la puso en esta cama y voy a...»

—No vas a hacer nada —respondí entre dientes—. Somos nosotros los que no vamos a hacer nada.

Me acerqué despacio. El lobo se calmó apenas con la proximidad. No paz. Solo, cercanía.

La observé.

Era joven. Bonita. Simple.

Le tomé el pulso. Estaba débil.

La tomé en mis brazos. Debía sacarla de este lugar no viniera otro y tratara de aprovecharse de lo que era mío.

«Vamos. Tómala. Marcala para que todo el mundo sepa a quien le pertenece»

—Sssh. Quieto.

«Huele delicioso».

—Sí —observé sus labios pequeños—. Huele divino. Pero no vamos a hacerle nada.

Mi lobo gruñó, ansioso como nunca antes, siempre tan correcto y callado y ahora parecía un perro ruino.

Salí con ella en mis brazos.

Cassian me vio aparecer con la chica en mis manos y se puso en pie.

—Vámonos —dije.

—¿Quién es ella?

—No te incumbe. Vámonos. Ahora.

Llegamos a la mansión del beta Saren. Nos estábamos quedando en su casa. Lugar neutro.

Fue raro verme llegar con una chica inconsciente en mis brazos. Nadie hizo preguntas.

La dejé sobre mi cama.

Le quité el vestido roto con cuidado y le puse mi camisa. Luego me quedé de pie, mirándola, intentando recuperar el control que sentía escaparse.

«Acuéstate con ella», ordenó el lobo.

—No.

«Está asustada aunque no lo sepa. Huele a miedo incluso dormida. Acuéstate y cállate tú también».

—Acostarse a su lado no es...

«No te pido que la toques. Te pido que te quedes. Necesito saber que está a salvo y tú eres el único que puede garantizarlo esta noche. Así que deja de debatir y ¡acuéstate!»

Discutí con la bestia durante lo que parecieron horas. Al final perdí. Me quité el pantalón porque no soportaba dormir con ropa y me acosté encima de la colcha, manteniendo distancia, mirando el techo con los brazos cruzados.

El lobo se asentó como si hubiera ganado algo.

«Porque gané», confirmó.

—Cállate.

Pasé las horas así. Inmóvil. Despierto. Vigilando cada respiración de ella.

Hacia el amanecer su respiración cambió.

«No te muevas», dijo el lobo.

—Cuando abra los ojos y me vea va a...

«No te muevas».

—Una chica drogada que despierta con un desconocido en su cama no es una situación que termine...

«¿Prefieres que despierte sola y salga corriendo sin que podamos explicar nada?»

—Sí —respondí—. Exactamente eso prefiero. Porque en este momento no tengo nada que explicarle que no suene a amenaza.

El lobo gruñó, pero no insistió más.

Cerré los ojos y me giré, dándole la espalda. Fue lo último que recuerdo.

Cuando desperté, la cama estaba vacía.

Su olor seguía impregnando el cuarto, pero ella no estaba. La almohada conservaba la forma de su cabeza. Y la silla… estaba vacía.

Me incorporé de golpe.

El lobo tardó dos segundos en pasar de dormido a furioso.

«¿DÓNDE...?»

—Aquí no. Se fue por su propio pie. Está bien.

«No está aquí. No está bien. Encuéntrala».

—No voy a...

«ENCUÉNTRALA, ADRIEN».

Respiré. Conté. Usé el viejo truco que me enseñaron de niño para no transformarme.

Miré la silla vacía.

—Se llevó mis pantalones.

El lobo se quedó en silencio un segundo. Luego soltó algo parecido a una risa.

«Bien hecho», dijo, casi divertido. «Nuestra mate le robó los pantalones a un príncipe».

—No tiene ninguna gracia.

«Tiene toda la gracia del mundo».

Estaba envuelto en una sábana cuando Cassian y Drevon entraron. Cassian perdió el control de su cara inmediatamente.

—Vaya… El príncipe sí que se divirtió anoche con su chica misteriosa.

—Una palabra más y te degrado a omega.

Drevon salió a buscar mi equipaje sin decir nada. Cassian se quedó apoyado en el marco de la puerta, la sonrisa se le desapareció poco a poco.

—El lobo —dijo en voz baja sabiendo la respuesta.

—Hoy tengo la presentación —respondí, abotonándome la chaqueta.

Cassian me miró fijamente.

—Y vas a olerla en cuanto entres en la mansión de tu prometida. El beta Saren la reconoció. Es la hermana de tu prometida.

M****a.

El lobo gruñó dentro de mí.

«Cuando entremos en esa mansión y la olamos y la vamos a oler, no me pidas que me quede quieto. Eso no te lo voy a prometer».

Me giré hacia la ventana, apretando la mandíbula.

El destino, esa cosa en la que no creía, tenía un sentido del humor absolutamente deplorable.

Y por primera vez en veinticinco años, no tenía ninguna respuesta inteligente para lo que venía.

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