38. Lo que el destino confirma.
La habitación había quedado en un silencio extraño después de que Adrien saltara por la ventana con Marianne al hombro.
Robert seguía encadenado.
Las cadenas de la bruja le ceñían los tobillos con una firmeza que no tenía nada de magia improvisada, eran sólidas, antiguas, hechas de algo que no era exactamente hierro pero que el lobo reconocía como real y como suficientemente serio para no desperdiciar energía forcejeando.
Aunque eso no le había impedido intentarlo durante los primeros diez minu