35. Lo que el lobo de un príncipe Lycan no negocia.
La tensión en el cuarto era suficiente para cortarla con un cuchillo.
Adrien se incorporó de la cama con esa calma controlada que era su marca, sus ojos moviéndose de Robert a la bruja y de la bruja a Robert con una evaluación que no necesitaba palabras.
Marianne le tomó el brazo antes de que diera un paso, como si hubiera leído sus pensamientos, y sí, los leyó.
Él la miró.
—No le hagas nada —murmuró, con la voz todavía ronca del llanto de hace un momento—. Robert me salvó, Adrien.
Algo cru