9. Lo que el lobo no negocia.
Adrien
Me quedé sentado en el sillón de cuero, con las piernas abiertas y una copa de vino intacta entre los dedos, observándola como si fuera la única cosa real en toda la maldita habitación.
—Quiero moverme por donde yo quiera y quiero que me dejes respirar sin que estés encima de mí.
Arqueé una ceja, luchando por no sonreír. La muy descarada negociaba como si tuviera cartas ganadoras.
—¿Libertades? —repetí, dejando que mi voz bajara un tono. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en l