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4. Lo que no tiene vuelta atrás.

★Marianne★

Salí corriendo sin saber a dónde iba.

Solo sabía que necesitaba aire. Paredes sin memoria. Un lugar donde el cuello dejara de arder y el vínculo dejara de tirar hacia atrás como si mis pies fueran en la dirección equivocada.

No lo eran. Era el vínculo el que estaba equivocado.

Me detuve junto a la fuente del jardín trasero con las manos en las rodillas y la respiración hecha pedazos. El agua sonaba igual que siempre, indiferente, constante, completamente ajena al hecho de que mi vida acababa de romperse en un pasillo del piso de arriba.

Me llevé los dedos al cuello.

La mordida palpitaba bajo las yemas con un calor que no era desagradable y eso era lo más aterrador de todo. Que no dolía como debería doler. Que mi cuerpo lo reconocía como algo correcto cuando mi mente sabía perfectamente que no lo era. Que me había acorralado sin pedirme nada, sin preguntarme nada, y me había marcado como si yo fuera un territorio que conquistar.

Esto no podía estar pasándome.

Eleonor me iba a matar.

Y no.

No quería ser la amante del marido de Alma.

Yo quería ser libre.

¿En que momento el plan se fue a la m****a con tal facilidad?

«Eres mía».

—No soy de nadie —murmuré mirando a todos lados.

Pero la marca palpitó como si estuviera en desacuerdo.

Debajo del miedo y la furia había algo que no quería examinar. Algo que había despertado cuando sus colmillos encontraron mi piel, no solo dolor, no solo el vínculo abriéndose como una puerta reventada desde adentro. Algo cálido y antiguo y completamente traicionero que mi loba reconocía aunque llevara trece años sin voz.

Mi loba que había rugido. Que había respondido. Después de tanto tiempo de silencio forzado había rugido al sentir su reclamación como si llevara toda la vida esperando exactamente eso.

—Traidora —le dije a mi propia naturaleza.

Escuché pasos sobre la grava y levanté la cabeza.

El hombre que se detuvo a tres metros tenía las manos visibles y una expresión que no era amenaza. Uno de los amigos del príncipe. Era un Alfa, eso se notaba en el porte, en la manera en que el espacio parecía pertenecerle sin esfuerzo, pero con los ojos tranquilos, sin el dorado ardiendo dentro.

—No voy a hacerte daño —dijo.

—Todo el mundo dice eso.

—Soy Cassian. El príncipe Adrien me mandó.

—¿Para qué? —me puse tensa.

—Ahora le perteneces, debes venirte con él.

Solté una carcajada y me senté en el borde de la fuente.

—Otro loco que se cree mi dueño —murmuré a la nada.

—Cuidado con las palabras.

—¿Oh qué? —me puse en pie con los puños apretados—. ¿Me va a castigar? Váyase. Váyase y dígale que no me voy a ningún lado con él. Que de esta casa no me muevo. ¡Y que me importa un bledo su maldita marca!

Le di la espalda y caminé rumbo a la mansión. Rumbo a mi cuarto feo pero que era mío.

Por qué la diosa me tiene tan mala voluntad y me castiga.

«Puedes esconderte, te voy a encontrar igual y te voy a llevar conmigo».

Quedé estática.

Era su voz.

En mi cabeza.

¿Cómo?

—No voy a ningún lugar contigo. No te conozco y esto se llama violación de derechos. Debería ser prohibido —mascullé.

Me quedé esperando su respuesta.

Nada.

Significa que entendió.

Bien.

«Jajaja. Piensa lo que quieras. Pero te aconsejo que cuando salga de la mansión estés junto a Cassian esperándome en el coche».

Esta vez corrí para encerrarme en mi habitación. Jamás podría abrir la puerta.

Llegué.

Cerré.

Me quedé mirando la puerta como si hubiera ganado.

«¿Piensas que no puedo destruir esa puerta?»

Agrandé los ojos al escucharlo otra vez en mi cabeza.

«No seas ingenua, soy mucho más grande y más fuerte que un lobo normal. No compliques las cosas. Espérame en el coche».

—No te conozco —la voz me salió estrangulada.

«Me llamo Adrien y eres mi mate, es todo lo que tienes que saber. Ahora sal».

—¡No voy a salir!

«No seas terca. No me obligues a sacarte por la fuerza. El lobo no me va a dejarme ir sin ti».

—Pues contrólalo —supliqué—. Y... —me giré—. Aaah...

«Marianne...»

Me quedé mirando a Robert que estaba en mi habitación. No sé qué hacía aquí. Pero aquí estaba. Sentado en una silla con una pierna cruzada, leyendo un libro que me había regalado.

Mi respiración se agitó.

Me había escuchado hablar sola y entonces vio mi cuello.

Y yo me acordé demasiado tarde que no me había tapado la marca y sus ojos estaban sobre la mordida.

Me llevé la mano a la marca de forma inconsciente y retrocedí.

Vi el momento exacto en que algo en él se rompió. No fue gradual, fue como ver una grieta abrirse en una pared que parecía sólida, rápida e irreversible. Sus ojos se fijaron en mi cuello y el color de su cara cambió y lo que había detrás de su mirada dejó de ser la furia de siempre para convertirse en algo más oscuro y más peligroso.

El olor.

Podía olerlo.

Podía oler a Adrien en mi cuello, permanente e inconfundible, la reclamación de otro macho grabada en mi piel. Podía oler lo que él llevaba años considerando suyo en silencio con esa obsesión que yo había aprendido a esquivar como se esquivan las tormentas, sin provocarlas, sin mirarlas directamente.

Sus ojos cambiaron.

No fue como los de Adrien, ese dorado limpio y ardiente. Esto fue más inestable. Más sucio. El cambio de alguien que no tiene el control suficiente para manejar lo que está sintiendo.

—¿Quién? —dijo con la voz tan baja que apenas se escuchó.

No respondí.

—¿Quién? —repitió, y esta vez no fue baja.

Llegué a la puerta y puse la mano en el picaporte.

—Robert —dije con la voz quieta. El tono que usaba cuando había que desactivar algo antes de que explotara—. Escúchame...

No escuchó.

Cruzó la habitación en tres zancadas y su mano cerró alrededor de mi brazo con una fuerza que no era para sujetar sino para no soltar, y me pegó hacia él con los ojos completamente virados y la respiración de un animal que ha perdido el hilo de vuelta a sí mismo.

—Lo que era mío —gruñó contra mi cara—. Lo que siempre fue mío. ¿Quién osó...?

—¿Qué dices? —intenté soltarme—. ¡Suéltame!

—Voy a matarlo —Su mano subió hacia mi cuello, hacia la marca, y algo en ese movimiento era peor que todo lo demás porque no era furia solamente, era posesión, era los años acumulados de una obsesión que yo había fingido no ver porque ver significaba que era real—. Voy a encontrar al que te marcó y voy a...

—No seas ingenuo, Robert. No vas hacer nada. Tú nunca haces nada. Estás loco.

—¡Tú eres mía! —su voz se quebró—. Y si no te he marcado ha sido porque no he podido, porque mi madre te hizo mi hermana. Y la odio, la odio por eso. Yo soy el alfa de este pueblo, de esta manada, y tú eres mía.

—No soy tuya, nunca lo fui —sollozé—. Estás enfermo.

—Entonces vamos a deshacer esto, porque ya tú tenías dueño...

Me tomó entre sus brazos y me acorraló contra la pared.

—¡No Robert! —supliqué forcejeando—. Déjame...

El vínculo me quemó.

Robert estaba a centímetros de mi cuello para morderme y era demasiado fuerte para detenerlo.

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