Victoria regresó con el botiquín entre las manos, sus pasos firmes y su rostro endurecido por la preocupación. Se sentó frente a él, en el borde del sillón, y sin decir palabra tomó una gasa y la empapó con un poco de alcohol.
—Aguanta. Esto va a arder —advirtió con esa voz templada que usaba cuando quería que nadie viera cuánto le dolía.
Marcos ni se inmutó. Solo alzó la mirada, vacía, rota. El corte en la ceja sangraba poco, pero su mirada... esa mirada sí que supuraba todo lo que tenía conte