La luz se filtraba con violencia entre las cortinas gruesas del ventanal. A Marcos le dolía hasta el parpadeo. La resaca le golpeaba el estómago como si tuviera piedras calientes dentro, y la cabeza le latía al ritmo de una marcha fúnebre. Se sentó en la cama con torpeza, el cuerpo pesado, la boca seca, los ojos rojos y el alma hecha trizas.
El eco de las palabras de su tía Victoria retumbaba en su memoria como un sermón inevitable.
—Estás casado, Marcos. Tienes una esposa que lleva años esperá