Isabella cerró la puerta con un golpe seco, que retumbó por toda la casa como una sentencia. Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de escapar de una tormenta… pero la verdadera tormenta, la que dolía, la que dejaba cicatrices, seguía ardiéndole por dentro.
Apoyó lentamente la espalda contra la madera fría, mientras sentía que las fuerzas comenzaban a abandonarla. Se quedó así unos segundos, mirando hacia la nada, con la respiración agitada y los ojos húmedos. Y entonces… se desliz