—No creo que eso importe —replicó Isabella con una sonrisa tensa, bajando la mirada—. Solo estaba por irme a casa. Buenas noches.
—¿Te dejaron plantada? —soltó él, directo, sin pensarlo mucho.
Isabella apretó los labios. Su pecho subía y bajaba con lentitud. Le dolía admitirlo, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Quizás.
—A mí también —confesó él, con voz grave—. Y... ¿ya cenaste?
—No tenía mucha hambre.
—Entonces, ¿me aceptarías una invitación?
Isabella lo miró sorprendida. Su primera reac