La tarde cayó con un tono dorado sobre la ciudad. El cielo, despejado, parecía ajeno al torbellino que cada uno llevaba por dentro.
En la mansión D’Alessio, Marcos estaba frente al espejo de su habitación, abotonándose lentamente la camisa negra que combinaba con un saco elegante de corte italiano. El reloj marcaba las 6:47 p. m.
No tenía intenciones de sonreír aquella noche. No era una cita, ni un reencuentro esperado. Era, según él, una obligación.
—Una cena con una mujer que no conozco… y co