El reloj digital del cuarto marcaba las 2:43 a. m.
Isabella no podía dormir.
Aunque Sofía respiraba tranquila a su lado, y la casa entera estaba en silencio, su pecho seguía latiendo con fuerza. No era la preocupación. Ni siquiera el cansancio. Era otra cosa.
Era él.
Allí abajo. En su sofá. En su casa. En su mundo.
No lo entendía.
No quería entenderlo.
Se levantó con cuidado para no despertar a su hermana. Se puso una bata de satén encima de su camisón de seda gris perla, anudándola flojamente