La mañana era gris, como si el cielo supiera que algo se cocía en el corazón de Isabella. Vestida con pantalón de tela sobria, blusa blanca y su cabello perfectamente recogido en un moño bajo, llegó a las puertas de D’Alessio Vanguard con paso decidido. Su tarjeta de acceso aún colgaba en su cartera, pero al acercarla a la entrada, los dos guardias de seguridad la detuvieron con gesto serio.
—Lo sentimos, señorita Romano. Usted no tiene autorización para ingresar.
Isabella arqueó una ceja.
—Ten